Ir al contenido principal

El último

El último...


Despierto como todos los días desde hace más de diez años… Acurrucado en la oscuridad de mi refugio, mal dormido, pues lo hago como hacen las panteras. Decían en mi tierra que “las panteras duermen con un ojo abierto y el otro cerrado”. Esto se aplica conmigo, lamentablemente esto pasa factura a largo tiempo. Son ya diez años desde que todo terminó… O más bien, todo empezó.

Durante el siglo XXI la humanidad se empeñó en seguir una carrera con tal de vencer a otras naciones… La tecnología avanzó a gran velocidad. Cada nación, excepto aquellas como la mía, es decir, cada nación con bastante dinero para hacerlo, se enfrascó en tratar de conseguir tener todo al alcance. China, Rusia, Estados Unidos… incluso aquellas más allá y que se pensaba que no tenían con qué hacerlo, intentaron obtenerlo todo, desde Inteligencia Artificial hasta las armas más adelantadas. Nuevas armas con las cuáles hacer la guerra sin tener que disparar una sola bala convencional. Naciones como la India o Irán también hicieron lo suyo. Las nuevas armas fueron bacteriológicas.

Si bien siempre se supo que las naciones más poderosas ya contaban en sus arsenales con este tipo de armamento, también se sabía que otras lo estaban intentando. Lamentablemente, no siempre lo hicieron con el cuidado adecuado. Virus como el ébola o el SIDA fueron creados y mantenidos en secreto hasta que, por descuido, escaparon y se regaron por el planeta. Otros fueron simplemente soltados para probarlos en naciones extremadamente pobres. Había libros y películas que hablaban de ello, pero nadie pensó que fuera realidad. Solamente era la fantasía de algún escritor de ciencia ficción… Hasta que sucedió.

A principios de la segunda decada del siglo XXI sucedió lo inevitable. Una nación no tuvo el control necesario sobre uno de estos virus y éste se expandió por todo el mundo. Se creó una pandemia peor que la peste negra, peor que la llamada “gripe española”. Se trató de evitar el contagio, se crearon vacunas exprés para tratar de contener el avance de la enfermedad, pero a pesar de ello, el principal problema fue el propio ser humano. 

Trataré de explicarlo. A medida que las personas se vacunaban contra la enfermedad, la sensación de seguridad que esto creó, hizo que las personas más y más fueran perdiendo el cuidado sobre los protocolos de seguridad. Sin embargo, nadie pensó que el virus mutaría, y menos tan rápido. Miles de personas que se sentían seguras al haber sido vacunadas, dejaron de seguir los protocolos y se convirtieron sin saberlo en celdas de cultivo para las nuevas cepas del virus. Hasta que sucedió. El número de muertos fue en aumento y no hubo manera de evitarlo. Decenas de millones de personas murieron, quedando unos pocos grupos aislados.

Ciudades tan grandes como Los Ángeles, en los Estados Unidos, o la Ciudad de México, o Tokio, quedaron vacías en tan solo tres años. Familias enteras murieron en ese tiempo, países enteros quedaron devastados. Sin personas para encargarse de los servicios básicos como agua potable, electricidad, la misma comida, poco a poco las reservas que pudieron acumular de los ahora abandonados centros comerciales se fueron acabando, haciendo que las pocas personas sobrevivientes abandonaran esas ciudades y buscaran refugio en otros lugares, moviéndose de ciudad en ciudad, saqueando los escasos recursos existentes. Algunos otros tomaron el control de algunas propiedades como granjas, tratando de hacerlas funcionar de nuevo, al menos para ellos mismos. Otros tomaron el control de lugares como cuarteles de policía o de los ejércitos y se hicieron con todo el armamento posible, convirtiéndose en saqueadores. Pero eran solo unos cuantos y no pudieron hacerse con el control de todo. No era raro ir a alguna de estas ciudades a buscar lo que quedara y ver miles de armas en las calles, miles de cartuchos útiles, pues ahora había muchas más armas que seres humanos para usarlas.

Pero no se puede vivir sólo con armas, se requiere comida y agua potable, o al menos lo más potable posible para sobrevivir.

Cualquiera pensaría que esto permitiría que el mundo se recuperara de los horrores que la misma humanidad le había creado. Contaminación de los océanos y ríos, la pérdida de millones de hectáreas de bosques que habían sido devastados, las innumerables especies que se perdieron en el proceso…

Pero se olvidaron de algo. La humanidad había sido el pináculo de la evolución. Nos convertimos al cabo de diez mil años en el depredador por excelencia. Ahora, con más del 98 por ciento de la población muerta a causa de la pandemia, nos convertimos en las nuevas presas. Los depredadores evolucionaron en un lapso extremadamente corto. Se adaptaron al cambio en esos diez años, y nos cazaron. Al principio se limitaron solamente a atacar las granjas aisladas. Había demasiado ganado suelto por ahí, sin nadie que se hiciera cargo de ellos. Muchos murieron al no ser alimentados por los humanos, otros simplemente fueron cazados por los depredadores. Cuando los animales de granja se acabaron fueron por las ciudades. Ya no había nada que los detuviera. Perdieron el miedo a la humanidad y llegaron. 

Al principio unos pocos, mientras el resto de ellos se regodeaba en el festín de carroña que populaba en todas partes. Luego fueron a las ciudades, deambulando y cazando a los animales caseros que aún quedaban en ellas. Cuando se acabaron fueron cazando poco a poco a los humanos que aún quedaban ahí y que fueron demasiado testarudos como para no salir de las ciudades. Algunos otros animales murieron primero, aquellos que aún quedaban en los zoológicos y que no murieron de hambre. Algunos otros depredadores escaparon de ahí, y se alimentaron de lo que encontraron. Leones, tigres, panteras, osos y demás escaparon y deambularon por ahí, cazando lo que encontraron. Al acabarse las presas, cambiaron a la carne humana, a la escasa carne humana.

No importa cuantas armas tengas contigo. No es fácil hacerle frente a una jauría de varios leones o lobos tú sólo. Aquellos que aún estaban en posesión de polvorines no podían enfrentarse a tantos cazadores, y fueron presa de ellos. 

En mi caso, perdí todo lo que tenía cuando la tercera ola de la pandemia llegó. Perdí a mi familia por culpa de aquellos que no quisieron seguir los protocolos y se sintieron demasiado seguros con sólo una vacuna. Vi morir a miles en mi ciudad. Vivo en lo que queda de México. Fui uno de aquellos que decidió quedarse en su ciudad hasta que ya no fue posible. Al irme de ahí pude pasar por uno de los cuarteles del ejercito vacíos y tomar cuanta arma pude tomar. Llené un vehículo que encontré en una calle con las llaves y suficiente combustible para salir de ahí. Sí, hay muchísimas gasolineras aún con miles de millones de litros de combustible para llenar mi tanque, pero ya no hay electricidad para hacer funcionar las bombas y sacarlo. He ido cambiando de vehículos a lo largo de mi ruta hasta que llegué al norte. Recordé lo difícil que era cruzar la frontera al país vecino, ahora no hubo nadie que me detuviera o me pidiera un pasaporte. 

Fue muy difícil ver a lo largo de mi ruta tantas ciudades vacías. Sin embargo, no podía quedarme demasiado en cada una de ellas. A pesar de que ahora había cientos de casas y vehículos a mi disposición, también había cientos de depredadores buscando que comer, y no hay puerta o ventana que pueda detener a una jauría de coyotes hambrientos, o peor aún.

He buscado alimentos en tiendas de conveniencia que ya han sido saqueadas anteriormente. Walmart siempre ha sido un buen lugar para encontrar algo, aunque ya no queda mucha comida, pero siempre puedes encontrar un buen sofá para descansar por algunos minutos antes de seguir adelante.

Mi meta es llegar mucho más al norte, tal vez a Nueva York o Alaska, lugares donde los depredadores ya no están, pues han decidido bajar más al sur. De alguna manera saben que a los humanos nos gustan los climas más cálidos para sobrevivir. El último vehículo que tomé, cuando crucé la frontera, allá en donde solía estar Texas, tenía una radio de banda civil. La he mantenido encendida y he logrado captar algunas conversaciones que dicen que aún quedan algunos centros habitables al norte de dicho país. Cómo habría deseado que en mi propio país la gente se hubiera organizado así, pero no lo hicimos. Mi país fue uno de los más golpeados por la pandemia. El gobierno que teníamos en ese momento no pudo o no quiso hacer algo más y se perdió casi todo. Lo que quedaba fue exterminado por los depredadores.

Mientras manejo por las carreteras, ahora vacías de Texas, recuerdo cuando venía a trabajar acá, de éste lado. Recuerdo los cientos de trailers de mercancías que recorrían las autopistas. Ahora no queda nada. Incluso recuerdo que podía sentirme afortunado si veía algún coyote en el desierto. Mientras manejo veo cientos de ellos, deambulando y caminando hacia el siguiente centro urbano, buscando comida. Ya no hay venados ni otros animales así. Fueron cazados hasta la casi extinción. 

Cambié de auto en Dallas. Fue sencillo. Hay miles de ellos para escoger, y relativamente bastante tiempo como para buscar uno adecuado, es decir, uno con suficiente combustible. Traté de obtener algo de él en las estaciones de servicio, pero no hay electricidad para sacarlo de las bombas. Más adelante tuve mejor suerte. Encontré una pipa con al menos medio tanque aún. La gasolina se evapora al contacto del aire y esta pipa ha estado abierta por mucho tiempo. Lo bueno es que en mi última visita a un Walmart tomé algunos bidones de reserva y pude llenarlos con combustible. También tuve suerte, pues encontré algunas latas de comida y pude comer algo. También pude hacerme con algo de parque para mis armas. A los texanos siempre les gustaron las armas, así que hay muchas tiendas de armamento aún. Solo debo ser cuidadoso de no encontrar depredadores rondando, pues estar en una tienda demasiado tiempo se convierte en una trampa mortal.

Los peligros del desierto, al menos tratándose de depredadores son pocos, ya que hablamos solamente de manadas de coyotes y lobos. Aquí el problema son los depredadores humanos. Mi raza, es decir, la humana, casi nunca se ha caracterizado por ser solidaria, salvo contadas ocasiones. Existen pequeños grupos nómadas que saquean y roban a todos aquellos que encuentran en el camino. Esto ha existido desde el comienzo de la humanidad, y ahora no son la excepción. Y aún así se preguntan cómo fue que nos estamos extinguiendo…

En Oklahoma City cambié de vehículo. Tuve mucho más suerte que antes. Encontré un motorhome con sus dos tanques llenos de diesel y un vehículo para llevar conmigo. Es un jeep. Ahora tengo un lugar donde dormir sin preocuparme mucho por los depredadores. Es curioso, ellos no dudarían en atacar una vivienda o entrar a un edificio de varios pisos si huelen carne humana, pero casi no se acercan a una casa rodante.

Crucé todo el estado de Kansas hasta llegar a un pueblo llamado Aberdeen. Ahí me detuve. Sería un bello lugar para vivir si no fuera porque hay hordas de osos deambulando por ahí. La suerte sigue de mi lado. Hice alto en una estación de servicio para ver qué podía encontrar y lo que encontré es que había un generador de respaldo que funcionaba a gasolina. Tomé lo que quedaba en uno de mis bidones de emergencia y lo hice funcionar. Gracias a eso pude recargar los tanques de combustible de mi casa rodante, llenar todos los bidones que encontré en el lugar y ponerlos en mi jeep. No encontré comida ahí, pero sí una radio de banda civil y una antena que instalé en mi casa rodante, pero más adelante paré en un Walmart. Ahí maté a un oso despistado que estaba dentro del lugar y pude tomar algo para mis ya casi vacías existencias. Lo tuve que hacer rápido ya que los demás osos no tardaron mucho en llegar ahí. Subí todo a mi casa rodante y me largué del lugar. Lástima, ha sido uno de los Walmarts mejor abastecidos que he encontrado. 

En Dakota del norte paré en una ciudad llamada Minot. Ahí pude hacerme con más comida y cambiar de casa rodante. La mía tenía muy poco combustible ya, y la que encontré estaba abandonada. Lo bueno es que no tengo mucho conmigo, lo que me permite cambiar de vehículos a cada rato. Solamente tomo mis armas, las pocas que me quedan ya, la poca comida y agua que tengo, una mochila con ropa y listo. La nueva casa rodante era un poco más chica que la anterior, lo cual es bueno, pues gastaría menos combustible. También tenía los aparejos para llevar un vehículo arrastrando. Eso era lo bueno de los gringos, les encantaba llevar sus autos con ellos a donde fueran. No fue difícil poner mi jeep ahí. No lo he usado aún. Ese es mi vehículo de respaldo en caso de quedarme tirado por ahí. Su tanque de combustible bien puede darme unos 500 o 600 kilómetros más.

Nunca imaginé poder ver tantos animales salvajes. Tuve que tomar un desvío en Battleford por la cantidad de depredadores que había en la ciudad. Tal vez quedaran algunas personas por ahí, pero no puedo quedarme a buscarlas. Me sentí mal por eso, pero no hay nada que pueda hacer. A duras penas puedo sobrevivir yo. Supongo que las cosas pueden ser diferentes en alguno de los refugios humanos que quedan, pero aún no lo sé. Extraño mi radio de banda civil, pero ya encontraré otro si es que puedo parar en alguna estación de servicio. Hubo un tiempo en que era muy común llegar a algún Love’s o alguna otra estación de gasolina y comprar una ahí. He visto muchas estaciones en mi camino, pero no pude parar en ellas, por estar plagadas de depredadores. Vi a una manada de más de 50 pumas en una de ellas. Raro, pues solían ser cazadores solitarios. Supongo que es parte de la evolución de la que ya he comentado.

En Kitscoty tuve que dejar mi casa rodante. Una llanta se ponchó y no tenía manera de cambiarla, así que la dejé ahí. Tomé mi Jeep y lo que me quedaba y salí de ahí. Eso fue muy malo. Era bastante cómoda. 

En el estado de Alberta, en la localidad de Grande Praire, cambié de vehículo. Encontré ahora una nueva casa rodante y relativa tranquilidad. Tuve el tiempo suficiente de poder surtir mis armas y comida en una tienda de conveniencia, convenientemente sola. También pude encontrar una pickup, una Toyota, pequeña pero resistente que inmediatamente até a mi nueva casa. Pude sacar gasolina suficiente de varios vehículos de la calle hasta que vi que una manada compuesta por lobos y osos barría las calles de la ciudad. Es increíble lo inteligentes que se han vuelto. Ahora cazan en manadas y se apoyan entre sí, sin embargo no es raro el canibalismo entre ellos. Poco a poco hay menos presas que cazar, menos comida, menos venados y alces que cazar, menos humanos. Al menos mi nueva casa sí tiene una banda civil. Pero ya no he podido escuchar mensajes. 

Hace muchos años que no hay servicios de telefonía. Todas las compañías habían automatizado sus servidores y cuando la gente dejó de pagar sus servicios, ya fuera porque estaban muertos o simplemente porque ya no hubo dinero circulante ni gobiernos que lo hicieran, los mismos sistemas que fueron creados por los hombres para ayudarlos se encargaron de cortar los servicios. Sin embargo, encontré un teléfono celular con suficiente batería aún y me desconcertó el hecho de que aún funcionara el sistema GPS. Al parecer los satélites aún funcionan. Ahora lo tengo conmigo y lo conecto a la batería cada vez que necesito cargarlo pero, ¡Dios! ¡Cómo desearía recibir una llamada, aunque fuera para ofrecerme un producto que no necesito!

En White Horse cambié de casa rodante. Es curioso, nunca antes me detuve a pensar cuantos de éstos vehículos había en éste país. Al igual que en otras partes tuve la suerte de que tuviera un vehículo con ella para arrastrar. Fue bueno, porque ya me había acabado toda la gasolina que pude reunir antes. Mis armas también estaban casi vacías. Me he tenido que enfrentar cada vez más a jaurías completas de depredadores. Insisto, se vuelven cada vez más inteligentes. Me detuve en un pueblo antes de White Horse y me atacaron cerca de cien de ellos. Casi me quedé sin parque, hasta que no quedó ni uno de ello. Pero eso no es garantía. Yo sabía que en un rato más llegarían muchos más de ellos, así que salí de ahí. Al menos en White Horse pude entrar rápidamente a una armería y tomar lo que pude en los escasos minutos antes de que llegaran las jaurías.

Tengo días que no escucho nada en la banda civil. Ahora tengo la precaución de quitarla de cada vehículo que cambio. También me paso los días hablando por ella, tratando de encontrar a alguien. He tratado en los cuarenta canales del equipo, pero no ha habido suerte. Empiezo a pensar que estoy solo. Tal vez venir a Alaska no fue una buena idea.

Llegué a Fairbanks. 

Es tan triste ver todo abandonado. No hay ni una sola alma. Miles de autos abandonados en las calles. Miles de toneladas de basura. Edificios cayéndose por falta de mantenimiento pero, ¿quien lo haría? Solamente vi a los depredadores aquí y allá. Lobos, osos, pumas… A veces en grupos, a veces peleando entre ellos. Se nota que cada vez hay menos presas. De seguro ya se acabaron a todas aquellas que aún quedaban en los bosques y las ciudad. ¿Será verdad que existen los refugios aún? Tal vez debí ir a otro lugar, como Colorado, y buscar la base del NORAD. Al menos ahí pudiera haber refugio seguro, pero quien puede decirlo. Se decía que la gente que sobrevivió en esos lugares también se volvió loca y se atacaron entre ellos. Quien sabe que tendrían los militares ahí. Nunca confié en el gobierno, menos en los militares. Al fin de cuentas ellos fueron los que crearon la pandemia y se les salió de control.

Llegué a Alaska. Al fin pero, no hay nada. Todo está como lo he visto en otros lugares. También estoy cansado. He manejado por muchos días, por semanas, y no he visto nada. Los refugios no existen. He llegado a creer que soy el último humano. Voy a buscar un lugar donde dormir y prepararme para lo que venga. Estoy cansado de huir de los depredadores. Creo que ha llegado el momento de preparar la última defensa.

Encontré un hotel, uno de esos lugares de recreación que antes eran tan populares aquí. Atrás de él corre un río caudaloso. Es normal. La presa que había kilómetros arriba hace años que se rompió, así que ahora el agua corre libremente. Al menos eso me asegura que por esa parte no llegará ningún depredador. Hay suficiente comida en el almacén para sobrevivir por algunos meses. Afortunadamente el hotel contaba con una armería para sus huéspedes, así que tengo suficiente parque para sobrevivir.

He instalado mi casa en lo que fuera el lobby del hotel. No hay calefacción, pero la chimenea funciona y hay suficiente leña ahí, o al menos muchos muebles que quemar. Paso los días buscando en el lugar cosas que puedan servir, tapiando las ventanas y puertas. He logrado crear un corredor de seguridad usando uno de los túneles de servicio del hotel que tiene una salida hacia la parte trasera. 

Mis noches son solo eso, noches. Ya no descanso. Como dije al inicio, duermo con un ojo abierto. Por las noches puedo oír a los depredadores. Saben que estoy aquí. Casi puedo imaginar a qué les sabe mi olor. Debo ser la única presa suculenta por los alrededores, por eso me buscan, pero no se han decidido a atacar. Son muy inteligentes.

Durante el día los puedo ver, ahí adelante, cruzando la carretera. A veces veo uno solo de ellos, un lobo o un oso, a veces veo docenas de ellos.

Han pasado semanas. La tensión se incrementa. Los puedo oler a ellos ahora. Se aventuran hasta la puerta del hotel. Buscan la parte más débil para poder entrar. Han tratado por otros lados, pero yo cerré cada puerta y cada ventana. Había material de construcción en uno de los cobertizos y tapié cuantas entradas encontré. Ahora sólo queda una, la del frente y está lo suficientemente protegida. Ellos lo saben.

Es de noche. No puedo dormir. Los huelo, los escucho. Sé que hay cientos de ellos afuera, los oigo gruñir. Tal vez sea hoy.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Bienvenida

 No soy escritor profesional. Sin embargo, de cuando en cuando me gusta escribir historias, ideas, cuentos cortos. Deseo poder compartirlo con ustedes. Atentamente,  Alejandro Flores